lunes, 15 de diciembre de 2008

Callaron al poeta

Sí, yo lo vi todo. Tengo por costumbre salir al patio para limpiar el mate una vez que se termina el agua, es religioso, lo aprendí de mi padre y él de mi abuelo. Yo lo vi todo, sí señor. Aún me cuesta pasar por el Anfiteatro y decir su nombre: Manuel Antonio Ramírez. Yo lo vi morir.


Hace ya de esto muchos años, no recuerdo cuántos. Ya estoy viejo, ustedes comprenderán. Pero lo que sí me acuerdo latente es el grito desesperado del poeta, ¡cómo no recordarlo! Fueron tres balazos limpios, eficaces, mortales. Yo vivía enfrente a la casa de Ramírez, ahí por 3 de Febrero casi La Rioja. No éramos muy compinches, no por haber una mala relación, sino porque mi trabajo me tenía todo el día afuera y cuando volvía a la noche sólo quería irme a dormir. Pero hemos pasado algunas tardes de sábado mateando. Era un buen tipo. Bah, no sé, no lo conocí mucho, ya les digo, pero siempre se dice de los muertos que eran buenas personas, así que seguramente lo era. ¿Que cuántos años tenía cuando lo mataron? No, no, disculpen, no me acuerdo.


Sí me acuerdo que ese día hacía mucho calor. La cosa fue cerca del mediodía creo, les digo porque yo salí al patio para limpiar el mate de la media mañana, que ese día se me había pasado un poco en el horario si no me equivoco, porque ya mi patrona estaba terminando de cocinar las milanesas. Mi patio da a 3 de Febrero, así que vi cuando Ramírez se paró de su hamaca paraguaya y empezó a caminar para La Rioja. Creo que yo extendí la mano para saludarlo, pero él no me vio. Lo cierto es que yo presentí que había algo raro, ¿vieron cuando uno siente que en la atmósfera hay un no sé qué, como que alguna cuestión no termina de encajar? Bueno, así me sentí yo. Creo que el rostro de Ramírez me transmitió esa sensación, tenía arqueadas las cejas, su andar era como cuidadoso, como si él también sospechara que algo no estaba bien. Y pasó lo que pasó.


Me habían comentado que andaba haciendo cosas que no se deben, yo no me metí porque no suelo entrometerme en la vida ajena. Pero lo confirmé cuando lo mataron: “cuestión de polleras” se dijo en el barrio. Y sí, esas cosas suelen terminar mal. Yo, como les comenté, preví que algo no andaba bien, así que me acerqué hacia la ventana de mi pieza para chusmear. Mi ventana da a la calle Rioja, casi en la esquina con 3 de Febrero. Yo lo vi, lo vi todo. Ramírez llegó hasta la esquina y lo vio al tipo con la pistola en la mano, ¡cómo se le transformó la cara! Se comentó después que el tipo del arma era la propia víctima de la deshonra, el del sombrero digamos. Me acuerdo latente y se me pone la piel de gallina.


Yo, cuando vi el arma, me quedé atónito, sin saber qué hacer: gritar, correr, abrir la ventana y no sé qué, estaba duro. Fue entonces cuando Ramírez se dio media vuelta y empezó a correr hacia el pasillo de la casa que estaba en la esquina, pero no corrió mucho. El otro tipo sacudió tres disparos letales, que se incrustaron en la espalda y arrojaron al poeta al suelo. Fue todo tan rápido, que no pude reaccionar sino hasta que entró mi patrona gritando acongojada “¡Mataron a Ramírez!, ¡le acaban de disparar!”. Pronto la esquina de Rioja y 3 de Febrero se llenó de vecinos sorprendidos que rodeaban el cuerpo inerte del poeta sobre los escalones que daban al pasillo. Fue tan sorprendente como rápido. En un abrir y cerrar de ojos habían callado al poeta.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Reunión de comisión (representación dramática)

Personajes:

Don Francisco - Director de la radio

Gringo – Sub Director

Ramona - Tesorera de la radio

María – Vocal

Lucas – Vocal

Julio - Vocal


La escena transcurre en una reunión de comisión de una radio de algún pueblo del Interior misionero. Hay una mesa en el centro del escenario, en una punta está sentado Don Francisco y en la otra Lucas. En el medio se ubican María y Ramona. El Gringo está parado y participa.


(Sube el telón)


Ramona:- Por eso les decía, tenemos que organizar algo, un festival, algo, para juntar plata.

Lucas:-¿Será?

María:- (Enfadada) Pero sí Lucas, ¿no escuchaste todo lo que nos estuvo diciendo Ramona? No llegamos con las cuentas, tenemos que juntar plata para que la radio no se nos venga abajo.

Lucas:- ¡Qué cagada che!

Don Francisco:- (Con voz serena) Y bueno, ¿se acuerdan que hace unos años trajimos a un grupo musical brasilero? ¿Cómo se llamaba? ¿“Los gaúchos”?

Gringo:- Sí, sí, “Los Gaúchos”. Me acuerdo que en esa semana la gurisada no paró de pedir los temas en mi programa.

María:- Eran los que hacían “A minina máis rápida”, ¿no cierto?

Ramona:- (Sonriendo) Sí, jaja, me acuerdo. La gurisada esperaba ese tema para entrar a apurar a las guainas.

Gringo:- Ja ja, sí, me acuerdo. Pero ahora, ¿qué podemos traer?

Don Francisco:- No sé. Tendría que fijarme cómo conseguir contacto con algún grupo.

Lucas:- (Emocionado) Yo, yo, yo puedo traer algo. (Los demás lo miran sorprendidos). Tengo unos amigos en Posadas que tocan en un grupo, ellos por ahí pueden venir, ¿qué les parece?

Ramona:- ¿Qué tipo de música hacen?

Lucas:- Rock, es una onda rolinga más o menos.

María:- (Resoplando) ¡Pfff!, vos ya otra vez con ese tu rock.

Lucas:- (Enojado) ¿Qué tenés con el rock? A ver si aportás una idea antes de criticar.

Don Francisco:- Bueno, bueno, No nos peleemos. (Mira a Lucas y le habla con voz paternal) ¿Sabés qué pasa Luquitas? El rock es una música que por ahí no toda la gente escucha acá. No quiero que te pongas mal, pero fijate que a tu programa te llaman muchos menos jóvenes que al programa del Gringo.

Gringo:- Es verdad. No es nada contra vos, pero necesitamos atraer mucha gente.

Lucas:- (Un tanto pichado) Está bien, tienen razón. Pero, ¿y entonces?

María:- Ratowsky tocó el otro día en la colonia y llenó el Club de Madres.

Gringo:- ¡Ah sí!, Ratowsky. Ese sí que trae gente.

Ramona:- (Con ironía) Sí, de acuerdo. Pero no tenemos plata pagar el agua y vamos a traer a Ratowski...

María:- Tenés razón che. (Mira a la derecha) Ahí viene el Julio, capaz tenga una idea. (Entra Julio por la derecha)

Julio:- ¡Hola gente! Acabo de conseguir la publicidad de la panadería nueva.

Lucas:- ¿Cuál? ¿La del barrio 430 viviendas?

Julio:- Sí, ahí donde trabaja el hermano de Sabrina.

Lucas:- Ah, ya sé ya cual es. La vez pasada compré unas chipas ahí, rico eh.

Julio:- Sí, a parte va a pagar bien. Ja ja.

Ramona:- Bien Julito. Che, andamos queriendo traer a alguien para hacer un recital. Necesitamos juntar plata porque sino la radio se nos viene en banda.

María:- Sí che, vos siempre andás metido en esa movida. ¿Se te ocurre algo?

Julio:- A ver, déjenme que piense. (Se queda pensando unos instantes)

María:- ¿Tiene que ser recital de música? Porque yo la otra vuelta me fui a Oberá a visitar a mi hermana y vi una obra de teatro. Estaba linda.

Gringo:- Está bien María, lo que pasa es la gente acá no está acostumbrada a ver ese tipo de cosas. ¡Si ni teatro tenemos!

María:- Bueno, pero...

Julio:- (Mostrándose orgulloso de sus contactos) Bueno, no sé qué les parecerá, pero yo puedo mover unos contactos y traer algo impresionante.

Don Francisco: -(Mirándolo con cara extrañada) ¿Ah sí?, ¿algo como qué?

Julio:- Tengo un productor conocido en Buenos Aires que está en la movida de “Los Chupines”, esos que salieron del reality show de Telefé.

Lucas:- (Con cara de asco) ¡”Los chupines”! ¿Y vos querés traer esa porquería acá?

Julio:- (Sonriente) Je, sí, sé que es una porquería. Pero llevan gente. El sábado pasado tocaron en Rosario y llenaron un teatro.

Ramona:- Ay Julito, no podés comparar Rosario con nuestra ciudad. ¿Vos de verdad crees que ese grupo de pop va a funcionar acá?

María:- Acordate que no sólo apuntamos a jóvenes, sino también a gente grande.

Ramona:- Sí, y la gente grande no escucha eso.

Julio:- (Pichado) Cierto. Escucha toda esa música de chacra, ¡más feo es eso!

Gringo:- (Con cara adusta) Ah no Julio, no voy a dejar que digas eso. Oíme, la gente de acá se crió, la mayoría, en la colonia. Casi todos son hijos de padres inmigrantes, que vinieron de Alemania, Polonia, Ucrania, etc. ¿Qué mierda querés que escuchen, Palito Ortega? La gurisada acá se cría escuchando polcas paraguayas, chotis, corridos, música alemana.

María:- Y chamamé.

Don Francisco:- (Con voz altiva) Por supuesto, eso ni hablar. El chamamé está presente siempre.

Lucas:- Bueno, pero ¿y la otra música?

Don Francisco:- La otra música se escucha, claro que sí, pero en mucha menor cantidad. Por eso te decía hace un rato: hay mucha gurisada que escucha rock, por eso llaman a tu programa. También hoy es popular la cumbia o el reggeatón. Pero si nosotros queremos que vaya mucha gente a nuestra fiesta, necesitamos asegurarnos mucho público.

Lucas:- Entonces, nos convendría un grupo con estilos musicales de la colonia.

María:- Me parece que sí.

Julio:- (Un tanto desorientado) Entonces... ¿”Los Chupines” no?

Don Francisco, el Gringo, María, Ramona y Lucas:- (Gritándole) ¡¡Noo!!


(Cae el telón)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

¡Im-pre-sio-nan-te!


Amigas/os, el pasado domingo 2 de noviembre el genial Luis Salinas visitó Posadas. Fue un show espectacular, inolvidable, en el club Tokio. Las cerca de 400 personas que asistimos pudimos disfrutar y emocionarnos con una muestra contundente, inexorable e inarrable de lo que es la música de Salinas. Un gran, gran guitarrista. Un músico extraordinario. Un lujo.

Junto a él estuvieron Javier Lozano en teclados, Matías Méndez en bajo y Jota Morelli en batería. De más está decir, ninguno desentonó.

Les dejo algunas fotos que sacamos mi amigo Jose (compañero en la aventura jazzera) y yo. Además, claro está, un videíto de esa noche.



¡A disfrutar!










































lunes, 13 de octubre de 2008

Una particular discusión familiar argentina

Si bien se podía decir que era un domingo normal, como cualquier otro en el que Alejandro preparaba el asado y Lucía las mandiocas fritas y las ensaladas para cuando llegase el resto de la familia, esa jornada era especial. Es que iba a ser el primer asado del domingo con un integrante más en la casa. El pequeño niño había llegado al mundo seis días antes y tras haber sido depositario de pellizcos, paseos por los pasillos de la clínica, suspiros, fotos, etc., ahora se disponía a vivir la primera comilona de su vida con sus papás, tíos y abuelos.

El curso de los preparativos iba como de costumbre, hasta que llegando las 11 sonó el timbre. Lucía miró por la ventana y se sorprendió al ver llegar tan temprano a sus suegros y su cuñado Norberto, el hermano menor de Alejandro. Su marido tampoco entendió bien el por qué del arribo tan presuroso de sus familiares (por lo general llegaban casi sobre el mediodía) pero rápidamente fue a abrirles.

-Eh, ¡hola Ma! ¿Qué hacen tan temprano por acá?

La mirada de su madre evidenció disgusto. Era raro en ella pues solía ser la que más esperaba el asado de los domingos, siempre llegaba muy sonriente y con un postre debajo del brazo. Esa mañana el postre estaba allí, pero su sonrisa no. A paso veloz, y casi sin mirar a su hijo, les esbozó una frase:

-Son tu padre y tu hermano, ellos te van a explicar... Permisooo, ¡Luci!, ¿por dónde andás? ¿y dónde está mi gordito lindo?

El enfado de la señora se fue al instante en que se encontró con su nuera y su nieto en los brazos del ella. Alejandro volvió la vista hacia fuera y vio a su padre y su hermano parados con cara seria en la puerta.

-Ale –empezó el papá con voz hermética- vinimos antes que lleguen los otros porque queremos hablar algo muy importante con vos.
-¿Es muy malo?
-Sí –afirmó con dureza Norberto- por favor entremos que tenemos que hablar.

Preocupado, el anfitrión los hizo pasar al living. Se sentó en un sillón individual mientras los otros dos lo hicieron en el sofá que estaba en frentre. Sin más miramientos, su padre volvió a hablar, aunque esta vez mostrándose más bien preocupado:

-Hijo, decime: ¿ustedes ya inscribieron al nene en el Registro Civil?
-Sí Pa, el miércoles fui. ¿Te acordás que te había comentado que lo iba a hacer?

Su padre asintió con la cabeza y miró tristemente a su otro hijo. Norberto se acomodó un poco la remera, largó un soplido y se dirigió a su hermano:

-Ale, mirá, qué cagada...bue...ya está. Esteeee...bueno, te la hago corta: tienen que cambiarle el nombre al pibe.
-¿Cómo? ¿qué? ¿De qué están hablando? – preguntó Alejandro, que ahora había pasado de la incertidumbre a la confusión.
-Sí hijo – continuó el padre con una voz preocupada- lamento que no lo hayamos advertido antes. Es que no sabíamos que el bebé iba a tener dos nombres. Y de lo otro...bueno, de lo otro nos dimos cuenta ayer en la cancha de Mitre mientras estábamos charlando en el entretiempo.
-¿Qué es eso “otro”?
-¿Cómo se llama tu hijo?
-Por favor papá, ya te lo dije...
-Ale, ¿cómo se llama?

Alejandro ya se estaba impacientando. Evidenciando el malestar, contestó bruscamente:

-Ulises Carlos Rodríguez. Así se llama. ¿Me pueden explicar qué pasa?

Norberto golpeó el brazo del sillón con furia. Su padre le hizo un gesto para que se tranquilizara, pero él estaba fuera de sí y decididamente enojado empezó a escrutar a su hermano mayor.

-¿Me querés decir para qué mierda le pusieron Ulises? ¡Qué nombre más horrendo! ¿No se iba a llamar Carlos nomás?
-Eh, Beto, ¡tranquilizate un poco che! Sí, se iba a llamar Carlos nomás, pero a Luci le encantaba el nombre Ulises. Y bueno, llegamos a un acuerdo ahí mismo, en la clínica. La verdad que era lo justo, porque Carlos fue el nombre que yo había propuesto de entrada.
-¿Y por qué ese orden de nombres? – dijo Noberto, un poco más calmado.
-Porque Carlos Rodríguez hay miles, en cambio Ulises Rodríguez pocos. La verdad, qué se yo, tampoco le prestamos mucha importancia a eso.
-¡Grave error! ¡Grave error!

Norberto volvió a enfurecerse. Se paró del sillón y empezó a dar vueltas por la habitación. Alejandro no entendía nada. Miró a su papá, que había estado presenciando ese momento con un gesto de impotencia, y entonces éste trató de explicarle el asunto.

-Gorila Ale, gorila. ¡El nene te salió gorila!

Fue el colmo. Alejandro se enojó, había que hacer el asado y estos dos lo tenían ahí adentro sentado y diciéndole cosas incoherentes sobre su hijo recién nacido.

-¡Paren un poco! No entiendo nada, ¿qué es eso de gorila? ¿qué problema hay con que el primer nombre sea Ulises? Explíquense bien o sino me voy a hacer el asado
-¡Gorila! – volvió a hablar Norberto – radicheta, oligarca, ¡¡radical!! Tu hijo va a ser radical.
-¿Qué decís? Si en esta familia siempre fuimos peronistas.
-Por eso mismo. ¿No te fijaste acaso las iniciales del pibe? Ulises Carlos Rodríguez: ¡¡U.C.R.!!

Se hizo el silencio en la sala. Alejandro observaba boquiabierto a Norberto, que seguía parado y apoyaba una de sus manos en el marco de la ventana. Su padre, mientras tanto, movía nervioso las piernas.

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Los Rodríguez del barrio Rocamora habían sido peronistas históricos. Claro, antes de radicarse en Misiones Juan, tal en nombre del padre, trabajaba en un ferrocarril en la provincia de Buenos Aires. Al llegar Perón al gobierno, vivó la época en que el “General” y Evita (palabras sagradas en la familia) pusieron a funcionar las políticas públicas que favorecieron a los miles de asalariados humildes del país. De ahí su devoción por los pocos que, alguna vez, habían gobernado para los que menos tenían. Juan lloró con la muerte de Evita, odió a los “gorilas” que derrocaron a Perón en el ’55 y se entristeció al ver en qué se había convertido el movimiento en los ’70, cuando entre la guerrilla de izquierda y el fascimo lopezreguista de la Triple A descuidaron lo que más había promovido el General en sus inicios: “el pueblo, cagaron al pueblo” solía exclamar Juan con tristeza. Crió a sus hijos en Misiones bajo la tradición peronista que, entre otras cosas, incluye el no desaprovechar ninguna ocasión propicia para criticar a los eternos rivales, los radicales: “son unos gorilas oligarcas” largaba y después se reía, aunque también se daba la oportunidad para afirmar con sinceridad “Illia y Balbín, a esos sí, son los únicos radichetas que respeté en mi vida”.

Alejandro y Norberto, como no podía ser menos, también habían abrazado el peronismo fervoroso. Es más, Alejandro había formado parte del Centro de Estudiantes de su facultad dentro de la agrupación “Unión Juvenil Peronista”. Ahora, Juan estaba jubilado y seguía cotidianamente en los diarios cómo “estos caraduras van destrozando lo que queda del pobre Partido”, Alejandro trabajaba en un almacén y Norberto, tres años menor, estaba cursando las últimas materias del profesorado en Historia. Todos, afiliados al Partido Justicialista.

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En el living, había un clima espeso. Dos generaciones de amor al peronismo se veían amenazados por la llegada de un individuo que, sin siquiera imaginarlo, los ponía en jaque simplemente con las iniciales de su nombre.

-U.C.R. – repasó Alejandro en voz lenta, subrayando cada una de las letras.
-Exacto hijo, U.C.R. El nene te salió gorila.
-Es inconcebible, mi sobrino no puede ser radicheta, ni a palos. No Ale, no. Vos entendés, tienen que cambiarle el nombre al gurí.
Alejandro dudó unos minutos. Finalmente se paró decidido, miró a sus familiares (que ya empezaban a sonreír) y les habló:
-Ni en pedo.
-¿Cómo? – dijeron al unísono don Juan y Norberto, quienes evidentemente no esperaban esa respuesta.
-No che, no. Está bien que seamos peronistas, pero tampoco vamos a ser tan fanáticos. Obvio que mi hijo también va a ser peronista. Ja, ¡qué les parece! El día que se le ocurra venir con una remera de Franja Morada le doy una patada en el culo. Desde ya. Pero tampoco le vamos a cambiar el nombre porque las iniciales le dan U.C.R. Es el colmo.
-Pero Ale, ¿no te das cuenta? En cuanto se aviven, en la escuela, en la secundaria, en la universidad, ¡en el Partido! En cuanto se percaten de sus iniciales, primero se le van a cagar de risa, y después lo van a echar.
-Por favor Beto, no exageres.
-Sí Beto, te estás yendo un poco al carajo – intervino con seriedad don Juan- Pero igual Ale, sé que suena raro, pero, ¿no cabe la posibilidad de cambiarle el nombre?

Apenas hubo terminado de decir la pregunta, entraron Lucía y Adelia (la mamá de los chicos) al living. Hacía ya quince minutos que los hombres estaban ahí y habían escuchado gritos. Si bien Adelia sabía de la peculiar idea de su marido y Norberto (aunque aún no se la había comentado a Lucía), no imaginaba cómo reaccionaría Alejandro, por lo que ambas querían saber qué estaba pasando.

-¿Qué hacen Ale? En un rato van a caer mis viejos y todavía no pusiste la carne en la parrilla.
-Sí amor, ya sé. Es que surgió una discusión con...
-¡Tienen que cambiarle el nombre a su hijo, Luci! ¡Por favor! –suplicó Norberto,

Lucía lo miró extrañada y éste accedió a contarle la razón de su pedido. Con el correr de la explicación, el rostro de la joven se fue transformando hasta dar claras muestras de furia contenida. Cuando su cuñado acabó, Lucía observó a su suegro:

-Don Juan, usted no estará de acuerdo con las boludeces que acaba de decir Beto, ¿o sí?
-Ehh...y sí Luci, no te voy a mentir. Qué se yo, me conocés, para mí el peronismo es algo muy importante en mi vida...
-¡Pero por favor don Juan! ¡Cómo vamos a cambiarle el nombre a Ulises! Ustedes están locos. Ale, decime que vos no estás con ellos.
-No, no, no –si bien la respuesta fue inmediata, a decir verdad no sonaba muy convincente- No, este, o sea, quizás de haberme dado cuenta antes, le podíamos invertir el orden de los nombres.
-¡¡No lo puedo creer!! Ustedes están locos. ¿Se dan cuenta de lo que dicen?

Norberto estaba muy nervioso y la negativa de Luci lo sacó por completo de las casillas:
-Vos no entendés, eso es lo que pasa. No te das cuenta de lo que significa que el gurí sea radical.
-Pará Beto, no hables pavadas. Que las iniciales den U.C.R. no quiere decir que vaya a ser radical. Y, de última... qué se yo, no le veo el problema.
-¿Qué decís? –Norberto estaba rojo de ira.
-¡Qué no veo el problema! Les advierto que mi hijo no va a ser peronista así porque sí, eh. Él va a poder decidir cuando sea grande.
-Con más razón, con ese nombre va a ser radicheta.
-No digas tonterías. Además, no sé: Alem, Yrigoyen, Illia. El radicalismo por lo general fue de lo más respetuoso con las instituciones. Además, de no haber sido por ellos en el ’83 no sé hasta dónde hubiese durado la democracia...
-¡Dale, ahora decinos negros de mierda vos también! –soltó Norberto casi a punto de estallar- Vos te la das de zurdita, pero me parece que sos bastante gorila también.
-¡Cómo te atrevés! Mirá que Puerta, Menem, Rodríguez Saa, Kirchner, Macri, son peronistas y no son muy socialistas que digamos eh...
-Dale, dale, andá. Si ustedes nunca llegaron a nada. Andá a llorarle a la estampita del Che, a ver si algún día revive y les hace su famosa revolución.

Algo iba a volar en cualquier momento. Ya fuera una zapato, un cenicero, un vaso o el propio cuñado. Advirtiendo esto, y con la tranquilidad que caracterizaba a Adelia, alzó los brazos y dijo serenamente:

-Bueno chicos, bueno. ¡Bajen un poco la voz porque Ulisito está durmiendo che! Paren de discutir boludeces. A ver. Juan, Beto, dejemos que los chicos decidan qué hacer.

Los tres salieron del living. Lucía miró con los ojos en llamas a Alejandro, que largó un suspiro, alzó los hombros y la invitó a sentarse frente a ella.
Después de diez minutos, les pidieron a los invitados que volvieran al living. Lucía habló:

-Antes que nada, les pido disculpas por la reacción de recién.
-Sí, yo también Luci, la verdad que me fui al carajo...
-Está bien Beto, nos conocemos. Nunca nos vamos a poner de acuerdo. Todo bien.
-Bueno, ¿decidieron? -Preguntó impaciente don Juan.
-Sí –intervino Alejandro- No le vamos a cambiar el nombre a Ulises. Es una locura. Sé que es una cagada lo de U.C.R., pero bueno, ya está. Igual, capaz que para cuando sea grande ya ni siquiera existan los radicales.

Juan y Noberto largaron la carcajada, mientras que Adelia y Lucía atinaron a expresar su disconformidad por lo inapropiado del chiste en ese momento. Todo estaba dicho y ya no había vuelta atrás. Norberto, como era previsible, era el que menos conforme había quedado, pero supo aceptar la decisión. Y antes de que dejaran el living, el tío arrojó una última expresión:

-Lo que sí, les advierto eh: ¡¡el pibe va a ser hincha de Boca!! Gorila puede ser, pero gallina no lo acepto ni en pedo.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

La Hora Perdida

Julián estaba solo en su casa. Sus padres habían ido a una fiesta con amigos y su hermana había salido a bailar. Él, como siempre, se había quedado hasta tarde jugando con la computadora y ya estaba un poco cansado, aunque quería esperar un rato más. Es que esa noche, a las 00, iba a haber un cambio de horario en su país y no quería perderse el momento exacto donde debían adelantar una hora el reloj. Era 19 de diciembre y la modificación, pensada para ahorrar energía, estaba planificada únicamente para el verano, ya que el 11 de marzo volverían a la normalidad.


Su reloj marcaba las “23:55”. Apagó la computadora, tomó un vaso de agua y se fue a acostar a la cama. Apenas hubiese cambiado la hora en su reloj pulsera cerraría los ojos porque el cansancio lo estaba superando, aunque los ladridos del perro del vecino lo estaban poniendo nervioso. Esperó ansioso y por fin llegó el minuto 59. Entonces sí, esa pasión que hace que los chicos sientan que están viviendo una aventura a cada momento, lo entusiasmó y se olvidó del sueño mientras contemplaba el segundero del reloj. El tiempo corrió y se hicieron las 00:00, Julián sonrío y rápidamente apretó los botones de su artefacto: ya eran las 01:00. Dejó el reloj en la mesita de luz y se dispuso a dormir.


En ese momento le llamó la atención la rapidez con la que el perro del vecino se había callado, como si el cambio de hora lo hubiera silenciado repentinamente. Miró de reojo el velador y sus ojos atravesaron casi sin querer la pantalla del reloj digital, y ahí la sorpresa. Se podía leer con claridad las “00:01”. No podía ser, si él había cambiado el horario. Enojado, tomó el reloj y modificó la hora nuevamente. Luego, viendo que se había puesto de pie, decidió ir al baño para evitar tener que hacerlo durante la noche. Al volver, miró de nuevo el reloj y otra vez se llevó una ingrata sorpresa, eran las “00:04”. Ya no tenía ánimos para hacerse mala sangre. “Deben ser las pilas, mañana las cambio” pensó y decidió dormirse. Sin embargo, lo que Julián no presentía era que se trataba de mucho más que las pilas...



Los domingos Julián siempre dormía hasta al mediodía y su mamá lo llamaba para almorzar; pero ese día eso no ocurrió. Al despertarse solo, sobretodo por los intensos rayos de sol que entraban por la persiana, le llamó la atención que su madre no hubiera ido todavía. Quizás habían vuelto tarde y aún dormían, en todo caso bastaría con bajar al comedor para comprobarlo. La casa estaba totalmente en silencio, el dormitorio de su hermana tenía la puerta abierta, por lo que deducía que ella se había quedado en la casa de su novio. Lo raro era que también el dormitorio de sus padres estaba abierto y a oscuras, como si no hubiesen regresado. Bajó hasta la cocina y encontró todo tal cual estaba cuando él se fue a dormir. Miró el reloj de la pared y vio la hora, eran las “12:14”. “¡Qué raro!, ¿cómo puede ser que no hayan vuelto?, encima al reloj ese todavía tiene la hora vieja, o sea que ya es más de la una.” reflexionó un poco temeroso. Les mandó un mensaje de texto a los tres pero ninguno le contestó, entonces decidió llamarlos. Luego de que ninguno atendiera sus teléfonos, Julián empezó a preocuparse mucho más. Absorto, salió a ver si por casualidad no estaban charlando en el patio de los Rodríguez, con los que solían compartir asados. Pero no fue así; en cambio, no había nadie afuera, ni siquiera Tobi, el perro tan ruidoso. Nadie, como si todo el barrio estuviera escondido. Empezó a gritar los nombres de sus familiares y luego el de sus vecinos, pero no tuvo respuesta. Verdaderamente comenzaba a dudar que hubiera alguien en esas casas. Pero la cuestión era, ¿a dónde estaban?


Se vistió rápidamente, dejó una nota en la mesa del comedor explicando lo sucedido por si alguien llegaba a la casa y se fue a recorrer el barrio, para tratar de encontrarle una respuesta a tan extraña situación. Caminó y caminó pero no vio ni un alma. Nada, la ciudad estaba totalmente desolada. Únicamente veía casas con las puertas cerradas, autos estacionados, parques vacíos y todo, envuelto en un insoportable silencio. Ningún almacén, supermercado, puesto de diario, etc. estaba abierto. Sí en cambio algunos bares y los boliches, como si todavía fuera sábado a la medianoche, pero con el sol a pleno y sin gente. Julián estaba compungido y un poco mareado, por lo que se sentó en el cordón cuneta de la avenida principal. Miró la hora en su reloj pulsera y pegó un alarido totalmente asustado. Es que la pantalla indicaba “00:32”. ¿Cómo podía ser? En teoría debía marcar las “12:32” porque por las pilas no había podido adelantar la hora, pero ni siquiera eso.

Desesperado, se levantó y corrió hasta su casa. Una vez allí se tiró en el sillón y empezó a pensar qué era lo que estaba sucediendo, pero todo le parecía muy irreal. De repente, tuvo un presentimiento. Miró su reloj pulsera y éste indicaba las “00:59”. Se quedó mirándolo perplejo como sintiendo que algo estaba por ocurrir, como si estuviese apunto de recibir una señal. No sabía por qué, pero él no podía despegar la mirada de la pantalla. Y los segundos corrían: “00:59:56”, “00:59:57”, “00:59:58”, “00:59:59” y a continuación, algo que le aceleró el pulso, “00:00:00”. El reloj había vuelto a empezar, obstinado en no dejar ir jamás esa hora, negándose rotundamente a dar las 01:00. Y ahí Julián comprendió todo. Se llenó de felicidad y de miedo a la vez al darse cuenta de su situación. Estaba atrapado en la hora perdida, esa que los demás habían eliminado fácilmente con sólo adelantar el reloj. “¿Y ahora qué hago?” se preguntó.



Esas primeras horas fueron muy intensas. Si bien el resto de los relojes de la casa corrían normalmente, su pulsera se repetía automáticamente a cada hora. Lo desesperaba la idea de no poder volver a ver a las personas. ¿Iría a quedarse eternamente en esa hora? ¿Habría una forma de transportarse temporalmente y regresar junto a su familia? Su padre tenía algunos libros místicos y se dispuso a leerlos. Con 13 años, un sanguche en la mano y un vaso de gaseosa en la otra, Julián repasaba extrañado las hojas de la colección “El Tiempo y el Hombre” de 10 tomos que había sacado la revista científica “Saberes”. A medida que encontraba posibles soluciones las iba a anotando.


Entre dormir un poco, releer, comer y pensar, estuvo cuatro días con los libros. Sabía que era un poco obsesivo, pero lo aterraba (y ni siquiera se atrevía a pensarla) la posibilidad de que todo eso que estaba haciendo fuera en vano. Cuando por fin acabó la lectura, repasó las escasas ideas que había podido sacar:

*Viajar más rápido que la velocidad de la luz (con un cohete por ahí)

*Construir un Destemporalizador (releer el tomo 5)


Julián no lo podía creer. Desconsolado, se puso a llorar. ¿Cómo iba a hacer para volver? ¿Viviría solo para siempre? Angustiado y extenuado, comió algo y se acostó a dormir para tratar de despejarse y pensar bien al día siguiente. Se tiró en la cama y apagó el velador. Cerró los ojos y sorpresivamente una luz le golpeó el rostro. No había tenido tiempo de reaccionar cuando ya su mamá y su papá estaban abrazándolo llorando y preguntándole a los gritos: “¿Estás bien Juli? ¿A dónde te habías metido hijo? ¿Alguien te secuestró? ¿qué te pasó? ¡Por favor hablanos!”. Él no entendía nada y sólo atinó a contarles que después de cambiar la hora se había encontrado solo en la ciudad.

-Te buscamos por todos lados. Fueron tres meses terribles.- dijo la madre desesperada.

-¿Tres meses?- preguntó Julián como empezando a encontrar la respuesta.

-Sí hijo, hoy es 11 de marzo. Acabamos de retrasar el reloj.

Ahora sí, ya había entendido todo. Julián había vuelto, junto con la hora perdida.

viernes, 15 de agosto de 2008

Una Maza

Más allá del chiste fácil, los invito a deleitarse con Daniel Maza, un bajista uruguayo que fusiona jazz, bossa nova y candombe de una forma extraordinaria.

El tema se llama "Samba a Luizao Maia" y fue filmado en un recital dado para la señal Cablevisión. Es la primera vez que nos visita al blog, pero no la última...


sábado, 12 de julio de 2008

El Collar de Topacios

¿Alguna vez pensaste que recital histórico te hubiese gustado ver en vivo? Seguramente sí. Bueno, Néstor también lo hizo, aunque en su caso se hizo realidad.

Una tarde de verano fue con su familia a una excursión a las piedras preciosas. En un momento, aburrido de la guía habitual, se escapó del grupo en el que estaban y se metió en un montecito que había, para ver si podía encontrar alguna piedra escondida. Se llevó una gran sorpresa cuando, entre los árboles, escuchó un sonido parecido al de una flauta. Se acercó sigilosamente hasta el lugar del cual provenía la música y allí se topó con un hombre de unos cuarenta años vestido como un hippie, sentado en el pasto y tocando una flauta. El sujeto tenía varios collares de piedras preciosas colgados en el cuello y a Néstor le llamó la atención la cantidad de colores y brillos diferentes que brotaban de allí.

Cuando estuvo muy cerca, el hombre se percató de su presencia. Dejó la flauta en el piso, lo miró curioso y le habló:

Hippie:- Hola pibe. Qué hacés?

Néstor:- Eehh… no, nada. Estaba viendo a ver si encontraba unas piedras preciosas pero… (Aguardó unos segundos) Disculpame, ¿vos dónde conseguiste esos collares?

La pregunta pareció haber incomodado al hippie, que en seguida se levantó y se acercó a Néstor. Antes de volver a hablar, lo miró de arriba abajo y se quedó un momento tratando de escuchar a su alrededor, para asegurarse que no los oyera nadie. Entonces sí, prosiguió:

Hippie:- ¿Te gusta el rock?

Néstor:- ¿Qué? Eh, sí.

Hippie:- Me imaginé, porque tenés puesta esa remera de Luca Prodan. Está buena.

Néstor:- Sí. Sumo es mi banda favorita.

En ese instante, el hippie actuó de una forma muy extraña. Fue hasta su mochila, abrió un bolsillo y sacó un collar de topacios. Después miró a Néstor y le volvió a hablar:

Hippie:- Te gustaría ir a ver un recital de Sumo?

Néstor:- Je je, sí. Pero… es imposible. Luca está muerto.

Hippie:- (Riéndose a carcajadas) Ja, ja, ja, ja. Pibe, en el rock nada es imposible. Mirá, prestá atención. Ves este collar que tengo en la mano?

Néstor:- Sí, está bueno. Pero qué tiene que ver con…

Hippie:- Es un Transportador Rockero. Vos tenés que pensar cinco veces el recital al que te gustaría ir y después te lo colgás. Al instante, vas a estar allá.

Néstor no podía creer lo que el hippie le acababa de decir. Sonaba muy raro.

Néstor:- ¿Será? Noooo, vos me estás jodiendo.

Hippie:- En serio, pibe. Yo ya fui a ver a los Beatles, The Doors y Jimy Hendrix. Tomá, probá. Pensá cinco veces en un recital de Sumo y después colgátelo. Pero ojo, eh. Cuando termine el recital, tenés apenas diez minutos para volver. El mecanismo es el mismo: tenés que pensar cinco veces en el lugar desde el cual fuiste transportado y después sacarte el collar. Si no lo hacés a tiempo, te vas a quedar ahí para siempre. Y ojo con romperlo.


Néstor no sabía si confiar o no en el hippie, pero de todas maneras tomó el collar. Lo apretó fuertemente con su mano derecha y se puso a pensar en algún recital de Sumo. Las palabras que se le venían a la mente eran "quiero ir a un recital de Sumo". Las pensó cinco veces y se colgó el collar. Y ahí ocurrió algo fabuloso.

Aún con los ojos cerrados, sintió un fuerte viento que le hacía volar el pelo. Al principio le pareció que el suelo temblaba, pero después sintió que se calmó. Unos segundos después empezó a escuchar a lo lejos una música conocida. Agudizó el oído y se dio cuenta de que era "Nextweek", uno de los temas de Sumo que más le gustaban.

Tembloroso y con un poco de miedo, Néstor abrió los ojos lentamente. Ante él, pudo ver a una muchedumbre haciendo una cola mientras saltaba y bailaba. Sintió algo en la mano izquierda y cuando se fijó qué era, se percató de que tenía un pequeño papel. Entonces lo leyó: “Néstor:- Sumo en Obras. Marzo de 1986. 22 horas.”

Se quedó atónito. Toda esa gente estaba haciendo la cola para ver a Sumo en Obras, y él también tenía una entrada. El recital había empezado con "Nextweek" y todos los rezagados empezaron a empujar tratando de entrar. Luego de cierto tumulto, Néstor se encontró dentro de Obras, rodeado por miles de rockeros que se deleitaban con la música de Sumo.

Totalmente excitado por la situación, dejó de mirar a la gente y se fijó en el escenario. Ahí estaba Pettinato con la barba larga y el saxofón sonando con una fuerza única. Ahí estaba Mollo haciendo su propio show, contorneándose y transformando su rostro con cada acorde. Allá arriba se encontraba Superman Troglio destrozando la batería. Y también Daffunchio y Arnedo. Y, por supuesto, su ídolo. Luca Prodan iba de aquí para allá paseando su pelada y cantando con esa voz tan típica. Cada palabra, cada grito, cada acción de Luca era espectacular. Néstor estaba feliz y se dispuso a disfrutar del show. Con el paso de los temas, se fue acercando cada vez más hasta el escenario, hasta que cerca del final estaba a escasos metros del escenario.

Cuando empezaron a tocar "Debede", se apoyó contra una pared porque ya estaba cansado de tanto saltar. Y en ese momento, ocurrió algo totalmente inesperado. Una chica se acercó cantando y saltando hasta donde estaba él y, en menos de un suspiro, le quitó el collar y se lo colgó. Néstor sintió una presión en el pecho. Rápidamente, se acercó a la joven para tratar de recuperar su collar, pero fue en vano. La chica no sólo no le prestaba atención, sino que no hacía más que mirar al escenario y parecía totalmente embobada con Luca. Cuando Néstor empezaba a impacientarse y analizaba la posibilidad de pegarle un golpe para desmayarla, la chica hizo algo que lo terminó de descolocar.

Se sacó el collar y lo arrojó al escenario, justo cuando Luca pasaba ante ella. Néstor, incrédulo, vio como el cantante italiano levantó el collar, sonrió a la joven y se lo puso. Sí, el mismísimo Luca Prodan tenía colgado ahora el collar de topacios. El joven no lo podía creer. Su ídolo tenía su collar, pero también su transporte. Si no conseguía recuperarlo, se quedaría en 1986.


Aguardó expectante a que Luca volviese a arrojarlo, pero pasaron dos, tres, cuatro temas y el cantante siguió con el colgante en su cuello. Y cuando ya estaba a punto de saltar al escenario, terminó la música, Luca miró a la multitud y dijo: “Gracias, qué tengan buenas noches.”

El recital había terminado. Eso quería decir que Néstor tenía nada más que diez minutos para conseguir el collar y volver. Pero, ¿cómo? La única forma era ir y robárselo a Luca. Le pareció humillante, pero era la única manera. Se subió rápidamente al escenario y procurando no ser visto por los plomos, corrió hacia la puerta por la que se habían ido los integrantes del grupo.

Caminó por un largo pasillo y finalmente dio con lo que parecían los camarines. De repente, un sujeto le tocó la espalda. Giró y se encontró con Ricardo Mollo en cuero, con una botella de whisky en la mano y una sonrisa en la cara:

Mollo:- Qué hacés pibe, permiso.

Néstor estaba absorto. Pero por suerte reaccionó rápido.

Néstor:- Si, perdón. Estem… Luca dónde está?

Mollo:- Luca, ahora te lo llamo. Esperá acá.

Mollo fue hasta uno de los camarines, golpeó la puerta y al instante salió Luca, que aún tenía el collar.

Ya era demasiado. Cómo haría Néstor para encarar a su ídolo y reclamarle el colgante. No le daba la cara, pero el tiempo se le acababa.

Néstor:- Hola Luca. Me llamo Néstor y vengo de Misiones, soy un fanático tuyo.

Luca:- Misiones, linda provincia. Voy a pegarme una vuelta un día de estos.

Néstor:- Sí, bueno, estemm.. Hubo un problemita. Viste el collar que tenés colgado? Bueno, me lo afanó la piba que te lo tiró al escenario. Y yo lo necesito porque me es de mi vieja.

Luca lo miró de arriba abajo y se quedó callado. No parecía muy contento con lo que le había dicho Néstor.

Luca:-"Luca is not dead", jajajaja. Está buena, es original.

Néstor:- ¿Qué?

Luca:- La remera. Esa que tenés puesta. Está buena. Te la cambio por el collar.

Era el colmo. A Luca Prodan le había gustado la remera que habían sacado a la venta tras su muerte, que sería un año y medio después. Néstor entendió la paradoja al momento, pero era imperioso que recuperase el collar.

Se sacó la remera y se la dio al italiano. Luca, después, se quitó el collar y se lo devolvió. Después, inesperadamente le dio un abrazo y se despidió: “Chao pibe, nos vemos en Misiones”.

Néstor volvió al montecito. Ahí lo esperaba el hippie tocando una guitarra. Le devolvió el collar, le agradeció por el viaje y se fue. No sólo había visto a Sumo, sino que le había regalado su remera a Luca Prodan. Inolvidable. Como Sumo.

martes, 8 de julio de 2008

Javier Malosetti

Aún no hay cuentos para postear, sean pacientes por favor, se necesita tiempo para ello. De todas maneras, sigo buscando herramientas para compartir buen jazz con ustedes.

En este caso, les dejo una muestra del gran Javier Malosetti. El tema se llama C.C. Waltz y pertenece al disco Onyx, de 2004.


viernes, 6 de junio de 2008

John Coltrane (¿hace falta que agregue algo más?)

Un poquito más de jazz antes de otro cuento. En este caso el genial, el monstruoso, John Coltrane, en una presentación en vivo en Alemania en 1961. El tema que van a disfrutar es "Every time We say good bye". El video lo pueden ver directamente acá:

domingo, 11 de mayo de 2008

Algo de Miles

Bien amigos, entre cuento y cuento, un poco de jazz.

Cliqueando en la imagen, van a poder deleitarse un rato con Miles Davis.



¡Abrazos!

jueves, 8 de mayo de 2008

Debajo del Castillo

(dedicado a mis amigas Vicky e Ita, que siempre me alientan en esto de la escritura)
Nota: El texto que leerá a continuación fue hallado en el sótano del castillo Mc. Robinson en el año 1813. Las hojas estaban desgastadas y hubo que hacer grandes esfuerzos para transcribirlas:


Blaketown, 23 de enero de 1785

A quien sea:

No sé qué va a ocurrir. Sólo escribo. Los acontecimientos que se desataron esta noche me han dejado sin aliento, y temo que no sea lo único de lo que me priven. Tengo miedo, lo acepto. Y pensar que las condiciones bajo las que crecí me hicieron fuerte y valiente, pero esto es otra cosa. Mire, yo no sé cómo ni porqué circunstancia Ud. está leyendo esta carta. Lo que sí puedo decirle es que fue escrita en un arrebato de desesperación, casi como la única forma de sobrellevar lo ocurrido allí arriba, en el castillo.

Lo primero que debo decir es que mi padre esta vez no fue el culpable. Sé que es una persona cruel y desagradable, pero esta noche la sangre corrió por cuenta de otra familia. Los Kurtys. Sí señores, Sir Washigton Kurtys y Madame Susan Kurtys, aunque Ud. no lo crea han sido los asesinos de mi familia, de los Staunton y, probablemente, míos. A medida que escribo agudizo más el oído. Es como si el simple acto de trazar las letras con la pluma permitiera que el resto de mis sentidos se concentraran en lo que pasa arriba. Por eso, ahora que lo pienso, más que nunca seguiré escribiendo. Pase lo que pase. Acá abajo hace frío, es una de las noches de invierno más crudas que yo recuerde. ¿Quiere saber qué estoy oyendo en este preciso instante? Pasos, pasos alborotados que van desde la cocina hasta el living, pasando por el cuarto de invitados y los baños. Seguramente lo próximo que harán será subir a las habitaciones. Luego recorrerán las torres. Y después, ¡ay Dios mío! Después no les quedará otra cosa que bajar al sótano. Aquí los estaré esperando.

¡Cuántas cosas se dirán! Que finalmente la familia Mc Robinson fue destruida por su propia crueldad. Que todos en el pueblo sabían de la cuarta hija, Stephany, esa que nació horrenda, con malformaciones, sin un ojo, con tres piernas, sin senos, sin uñas. Que los Mc. Robinson no fueron capaces de matarla, pero tampoco de mostrarla. Que la encerraron en el sótano y que se prohibieron a sí mismos hablar de ella. Todos lo dirán, y también dirán que Stephany los mató.

Pero Stephany está aquí. Escribiendo, triste, alborotada, llena de incertidumbre. Fueron 23 años de soledad, de escabullirme como rata por el sótano y los pasadizos secretos que mi inteligente hermana Doroty construyó para mí sin que nuestros padres lo supieran. Creo que Doroty fue la única que me quiso pese a lo que soy. ¡Ay pobre Doroty, ya está muerta, como los otros! Recuerdo la primera vez que vino a verme, me dijo que le daba asco, pero a la vez ternura. “Stephy”, me dijo, “quiero ayudarte” y luego empezó a mostrarme un dibujo donde había diseñado los pasadizos. No eran muchos, pero me sirvieron para que en los fines de semana en que ellos se iban de paseo, pudiera salir de la casa y tomar aire fresco. Y también para hablar con ella. No fueron muchas las ocasiones en que se abrió el pasadizo que conduce a su habitación, pero guardo un gran recuerdo de esas horas de charlas secretas entre mi hermana mayor y yo.

Como me suponía, están subiendo las escaleras. Buscan la corona, yo lo sé. Todos en el pueblo empezaron a desconfiar de mis padres cuando la Princesa Brenda murió en el salón principal el verano pasado. En aquella ocasión tenía un mal presentimiento con respecto a la visita que los Reyes y su querida Princesa le iban a hacer a mis padres. ¿Por qué? ¿Sólo porque él había conseguido el gran negocio del año al contactarse con esos mercaderes italianos? ¿O la Princesita también tenía curiosidad por el misterioso sujeto que se escondía debajo del castillo? La horca. La horca era lo que le esperaba a mi hermano Steven si lo capturaban con las manos en las masas, o en todo caso, penetrándola a la hija de la realeza. Por eso tuvo que matarla, e inventar aquello de la descompensación, de que se golpeó la cabeza con el escalón al caerse. Todavía no entiendo cómo le creyeron. Deber ser porque mi padre era un comerciante demasiado importante como para generarle problemas. “El dinero cura todas las heridas” decía irónicamente Doroty, ¡cuánta razón tenía!

No puedo seguir. Tengo miedo. Parece que no encuentran nada, como supuse. Alguien golpeó la puerta. ¡Cierto, el Doctor Monroe también estaba invitado! Al igual que los pobres Staunton, los amigos de mis padres. Ojalá que se vaya. Si tan sólo pudiera decirle que no entre, que corra, que avise, que se va a morir. No puedo dejar de escribir, es la única forma de que se sepa la verdad, no sé porqué pero lo presiento. Ay no, allí va ella, Madame Susan a atender. ¡Váyase Doctor! ¡Corra! Entró. Los oigo en la sala de estar. A ellos se les reunió Sir Washington. ¿Dónde habrán puesto los cadáveres? Ahora sólo oigo silencio. Esto es tenebroso, tiemblo. Tengo frío, tengo miedo. ¿Por qué no escucho nada? ¿Acaso no están hablando? ¡¡Nooooooooooo!! Lo escuché, lo escuché, acaban de dispararle al Doctor. ¡Ay Dios mío! ¡Cuánta sangre! ¡Cuánta muerte! Todo por una corona de porquería que está sobre mi cabeza.

Maldigo el momento en que Steven le pidió a Doroty que escondiese la corona manchada con semen. Si la encontraban se sabría la verdad, y él iría a la horca. Maldigo el momento en que Doroty la puso en esa caja verde que me dijo que nunca abriese. Maldigo el momento en que la curiosidad me superó. Los Kurtys lo saben, no son estúpidos. No por nada Washington es el juez del pueblo. Ellos nunca creyeron lo del golpe. Ya me parecía raro que Madame Susan se hiciera tan amiga de mi madre tan sólo unos días después de la muerte de la Princesa. ¡Ahora lo entiendo! Sí, aquella vez que entré a la habitación de Doroty y me asusté al ver a otra persona, no era la sirvienta, ¡era Madame Susan buscando la corona! Menos mal que no me vio.

Lo que podría hacer es escaparme por uno de los pasadizos. El que da al salón principal por ejemplo. Aunque lo más seguro es que Sir Washington sea quien baje aquí y Madame Susan se quede en el salón vigilando. En ese caso, podría ir al cuarto de Doroty. Luego escapar y no volver nunca más. Aunque… esta carta tiene que llegar a manos de alguien que pueda decir la verdad. ¡Que los Kurtys mataron a mi familia buscando la corona de la Princesa! Yo no podría soportar que todos creyeran que maté a Doroty. A los otros integrantes de mi familia sí, pero a Doroty jamás. La amé, fue la única persona que amé. El día que me dijo que yo tenía aspectos parecidos a los de ella, lloré durante horas de felicidad. Eso demostraba que no era tan monstruosa, que al menos tenía alguna pequeña muestra de la belleza incalculable de mi hermana. Sí, lo voy a hacer por Doroty.

Cuanto silencio. Ya tengo miedo hasta de mover la pluma, siento que el mínimo movimiento puede escucharse hasta en la cúpula de la torre. La vela comienza a apagarse, ya casi ni puedo ver lo que escribo. Calculo que faltará poco para que se decidan a bajar. ¿Qué hago? El pasadizo que da al cuarto de Doroty está detrás del armario amarillo, junto a la puerta del sótano. De tan sólo pensar que en el momento exacto en que esté por subir se abra la puerta y aparezca Sir Washington…No, mejor no pensar eso. El miedo paraliza. Lo voy a hacer. Esta carta ya está puesta dentro de un cajoncito, me cuesta muchísimo terminar de escribirla porque estoy en cuclillas y la vela se tambalea en la punta de la mesa. Cuando la encuentren yo ya no estaré aquí. No me busquen, andaré por alguna pradera olvidada llevando conmigo la corona y el recuerdo de Doroty. Espero que se haga justicia porque ¡Oh Dios, ya es tarde! Acaba de entrar Sir Washington.

martes, 22 de abril de 2008

Cuando Walt Disney visitó Posadas

La gente no sabe que una vez el cuerpo congelado de Walt Disney estuvo guardado en la cancha de Guaraní Antonio Franco. Inclusive, desconocen que un día se despertó y caminó por la ciudad. Es una historia curiosa, que vale la pena recordar…

Corría mayo de 2007 y el estadio de Guaraní estaba siendo preparado para la visita de un icono de la música melódica: Sergio Denis. El escenario lo estaban construyendo sobre una de las áreas del campo de juego y en la secretaría del club, que está ubicada bajo la tribuna César Napoleón Ayrault, había varios refrigeradores guardando las bebidas y alimentos que se iban a vender esa noche. En uno de ellos se encontraba oculto bajo una montaña de latas de cerveza el cuerpo de Walt Disney congelado; no se sabe bien cómo y por qué llegó ahí, pero era él. De repente, las paredes del salón presenciaron algo insólito: la tapa del refrigerador se alzó y de entre el hielo emergió la figura del director estadounidense que, sobresaltado, se había despertado de su sueño tras varias décadas. Disney observó extrañado el lugar y se quedó dubitativo al ver la puerta entreabierta, ¿dónde estaba, acaso sería la casa de su hermano?, ¿qué pasaba si recorría las instalaciones?, tras analizarlo fríamente por un momento decidió salir a explorar.

Afuera lo esperaban un pasillo solitario y tras él un portón que da al interior de la cancha, en una zona donde hay baños y el acceso a una platea. Allí vio a un hombre hablándole en voz alta a una especie de barra de chocolate desde la que salían alguno sonidos, esto le dio temor y por un instante pensó que había sido raptado por comunistas, pero pronto desechó la idea porque el sujeto raro no parecía soviético (más bien le recordaba a un inmigrante latino que había trabajado en los Estudios); lo que Disney no sabía era que estaba presenciando al paradigma de la comunicación en el siglo XXI: ni más ni menos que el teléfono celular. Contempló la escena por unos minutos escondido detrás de una columna y cuando el latino finalmente se fue, continuó su recorrida por el lugar. Pronto reconoció que era una cancha de “soccer” (aunque no identificó el equipo) y caminó hasta una de las entradas, allí se detuvo nuevamente al ver otra situación que le llamó la atención. En la puerta había algunos periodistas de la televisión entrevistando a una persona, pero los camarógrafos tenían artefactos pequeños con luces brillantes y algunos reporteros usaban otras barras de chocolate en vez de micrófonos. Walt, pobre Walt, no sabía que las cámaras eran digitales (y permitían grabar más cosas, con buena calidad y con practicidad) y que de vuelta los celulares habían entrado en acción (ahora con su función de captar sonidos). Asomó la cabeza evitando que lo vieran y llegó a escuchar: “…sí, esperamos una gran respuesta del público, esta noche va a ser inolvidable. Gracias.”, las palabras provenían del entrevistado que luego de decirlas se marchó junto con los demás. Atónito, Disney pensó que sería mejor si caminaba por la ciudad para ver en dónde estaba, antes corroboró que su traje se hubiese mantenido intacto pese al tiempo, se alineó el pelo y entonces sí, salió a la calle.

Transitando desde Villa Sarita hacia el centro de Posadas el padre de Mickey fue observando cosas que no dejaban de sorprenderlo. En el techo de una casa había algo así como un plato volador pequeño que apuntaba al cielo y tenía escrito “Direc TV” en su parte inferior, dedujo que sería algo relativo a la televisión pero no pudo imaginarse qué y pasó rápidamente por el lugar con temor a que en realidad fuese algún artefacto raro de espías rusos. ¡Qué iba imaginarse Disney que 40 años después de su congelamiento el hombre ya había llegado a la luna y cientos de objetos llamados “satélites” inundaban el espacio, y que uno de ellos transmitía las señales televisivas a ese plato! Unos metros más adelante se encontró con un grupo de chicos sentados en la puerta de otro hogar escuchando música fuerte a través de un aparato no muy grande que se dejaba ver desde el interior, “debe ser un tocadiscos sofisticado” se dijo a sí mismo para entender lo que veía (se trataba de un radio-grabador), pero lo que más le llamó la atención fue que uno de los jóvenes estaba haciendo movimientos con los dedos en otro chocolate (blanco éste) como si pudiese escribir sobre él (claro, el celular había vuelto a aparecer, aunque con sus mensajes de textos). Al llegar al centro empezó a deambular por Junín y le causó conmoción ver que entre los colectivos, llamativamente diferentes a los que solía conocer, había algunos que tenían letras que se encendían y apagaban como luces y, en efecto, se trataba de los carteles eléctricos del Sistema Integrado de Transporte que informaban el destino del coche.
Tras varias cuadras decidió girar a la izquierda y se encaminó por Bolívar rumbo al lugar que más lo extrañó. De repente se encontró con una muchedumbre que iba de aquí para allá a las puertas de un edificio enorme que se llamaba “Posadas Plaza Shopping”. Se detuvo por un buen rato y pudo ver cosas increíbles: jóvenes que en las orejas tenían unos pequeños auriculares conectados a tubitos metálicos que colgaban de sus hombros (eran IPods) y meneaban las cabezas de un lado al otro, gente que entraba y salía de algunos locales donde las puertas se abrían solas al acercarse una persona, muchachas tomando fotos con cámaras realmente chicas que no parecían tener lugar para el rollo (eran digitales, claro), algún que otro hombre con traje que parecía anotar cosas sobre una suerte de pantalla con un lápiz especial (las Palms) y por supuesto más y más celulares (ya no sabía bien si eran chocolates u otro invento de los espías). En las vidrieras había artefactos rarísimos: televisores muy planos, cajas de longitud moderada en donde algunos trabajadores del lugar ponían algo así como discos en miniatura (reproductores de DVD) y hasta pequeñas cajitas con botones colocadas bajo el cartel “Calculadoras Digitales”. También le llamaron la atención unos semáforos extraños que en vez de luces emitían sonidos y en donde parecían dibujarse imágenes (eran los semáforos para ciegos de la calle “Paseo”). ¿Qué era todo eso? La gente ya no andaba por las calles solamente, sino que a la vez tenían conductas pendientes de los objetos en todo momento, como si fuesen imprescindibles. Walt se sintió desorientado ante tanta tecnología y decidió emprender el regreso.

Desde chico había practicado la técnica de caminar por muchos lugares y con la mente ir reteniendo el recorrido para luego regresar, así que no tuvo inconvenientes para retornar a la cancha de Guaraní. No había nadie en la entrada así que ingresó rápidamente. Cuando estaba caminando por el pasillo vio una luz en el cuarto anterior al que guardaba los refrigeradores y se acercó sigilosamente. Allí vio a una mujer sentada frente a una pantalla rodeada de más artefactos llamativos, uno de los cuales expulsó unas hojas que ella colocó en una carpeta. La dama movía los dedos en un teclado similar al de la máquina de escribir que Walt solía tener en su oficina y las letras se iban reflejando en el monitor, mientras tanto de una aparatitos a los costados emergía una música que envolvía la habitación. Repentinamente, la mujer movió algo parecido a un ratón de juguete (aunque mal recreado) y las letras desaparecieron dando lugar a una imagen llena de cuadraditos, eran como ventanitas ubicadas una al lado de la otra bajo las cuales había un dibujo, como una especie de fondo de la pantalla. Disney se sorprendió al ver que ese fondo era nada más y nada menos que el rostro de Pluto hablando por uno de los chocolates. Definitivamente las cosas habían cambiado. Silenciosamente se dirigió al freezer, corrió las latas de cerveza y se recostó nuevamente en su lecho. Era demasiado por un solo día.